Primavera 2016

Primavera 2016
Señores: ha estallado la primavera!!

jueves, 16 de febrero de 2017

Tras la lluvia

Parecía que el anticiclón invernal de este año no nos iba a abandonar nunca.
Por fin, han llegado las deseadas lluvias y la presa del Batán y los arroyos cobran nueva vida. 


jueves, 18 de agosto de 2016

Dos nuevos libros sobre la botánica escurialense


Aparecen dos nuevos libros que tienen que ver con el paisaje escurialense, esta vez visto desde el lado botánico. De nuevo la editorial Librería Cocheras-Coliseo nos facilita el acercamiento al entorno natural de este pueblo, con estos dos títulos de su colección Cuadernos Cocheras-Coliseo, cuya autora es Sara Rincón:


El Nº 5 se centra en dos paseos por las laderas del monte Abantos, fundamentalmente pobladas por pinos, pero en las que también abundan otras especies arbóreas y de matorral. 


Aquí se nos identifican y se describen los numerosos árboles singulares por su especie, por su tamaño o por su historia, que crecen por este pueblo y sus alrededores históricos. Es una más de las formas que tenemos de aproximarnos y reconocer el privilegiado entorno natural que disfrutamos en San Lorenzo.
Agradecimiento a la editora, Marta Martí Worm y, por supuesto, a la autora Sara Rincón, por estos trabajos que nos aproximan un poco más a la generosa naturaleza que nos rodea. 

sábado, 4 de junio de 2016

Por la Cañada Real Leonesa


Hemos colgado el paraguas y, nada mas comenzar este mes de junio, nos hemos puesto a caminar por la Cañada Real Leonesa. Y así hemos tomado el pulso a esta primavera que se estaba haciendo de rogar.
Y las jaras en flor nos recibieron con una visión esplendorosa.


Estaban allí esperándonos, con su elegancia, su tenue aroma y su porte inigualable. Pero no podíamos llegar tarde a la cita, porque, como tantas otras cosas bellas, son efímeras. Tras las lluvias, con los primeros soles, se abren generosamente, dejan a los insectos que liben sus néctares, nos regalan su hermosura y, enseguida, empiezan a arrugar su grandes pétalos blancos, que terminan pronto por caer al suelo.

Y mientras tanto, el monasterio juega con nosotros un intrigante y casi infantil escondite, apareciendo y desapareciendo.


Lo efímero de vuestra presencia en la primavera escurialense os hace algo esquivas a nuestras miradas; por eso disfrutamos de las flores de jara con avidez, con intensidad, casi con prisas, antes de que se vuelvan a escapar otra vez, no sabemos muy bien a donde.


sábado, 10 de octubre de 2015

Un buen gurriato vuelve a escribirnos


José María Suárez nos dejó ya hace dos años, pero ahora podemos volver a deleitarnos con su entrañable prosa poética gracias a esta nueva edición de su libro "Rincones escurialenses"

domingo, 15 de marzo de 2015

Repoblación Forestal en San Lorenzo (1892-1914)

(Resumen del articulo publicado en la revista Apuntes de la Sierra, abril, 2015)


La localización de la Escuela Superior de Montes en San Lorenzo de El Escorial durante 45 años es un capítulo poco conocido de nuestra historia, sobre todo si se pone en la perspectiva de las repercusiones tan beneficiosas que de ella se derivaron para este pueblo.
Una de ellas, con mucho la más destacable, fue el proyecto de reforestación de nuestros montes, ingente tarea que ocupó durante 22 de esos 45 años a los profesores y alumnos de la Escuela y a las gentes “gurriatas” en la labor de profunda transformación de nuestro paisaje.
Porque el aspecto y la frondosidad de los montes escurialenses no fueron siempre como los que ahora disfrutamos. Así lo atestiguan algunas de las fotografías de finales de siglo XIX y también algún que otro cuadro de paisajistas de principios de siglo, mostrando una visión descarnada de las laderas de Abantos. 
Efectivamente, el primitivo bosque se había ido deteriorando paulatinamente por efecto del aprovechamiento para pastos, del excesivo carboneo, de la incesante tala para aprovechamiento maderero y de los crueles incendios.
Pues bien, aquel continuo proceso degradante de siglos se detuvo gracias al providencial asentamiento de la Escuela aquí, en el año 1869, concretamente en la calle de Floridablanca, en la primera Casa de Oficios. Y aquí permaneció hasta 1914, fecha de su traslado a Madrid.
Desde el mismo momento de su establecimiento aquí, ya estaba en el ánimo de los profesores de aquella institución la que sería una de sus misiones más inmediatas: la recuperación de la fronda que debieron tener en épocas anteriores las laderas del Barranco de la Cabeza y de Abantos.


La Escuela solicitó la cesión del monte da la Jurisdicción con el fin expreso de proceder a su repoblación. Posteriormente, a instancias de Alfonso XIII, se añadieron la dehesa de La Herrería y el monte del Romeral. 
En medio de las tensiones derivadas de la cesión de los terrenos, surgió la providencial figura de un profesor de la Escuela, don Miguel del Campo Bartolomé, (1862-1934), nacido en San Lorenzo y gran amante su pueblo, del que llegó a ser Alcalde. Desde el comienzo él fue uno de los primeros impulsores del proyecto.
El punto de arranque para la ambiciosa tarea de reforestación fue la publicación de un documento en 1892, redactado por el mencionado Miguel del Campo, que pronto se constituyó en la punta de lanza de un plan que contemplaba una exhaustiva plantación en los terrenos de la Jurisdicción y el Romeral. 
A pesar de que, al parecer, el roble melojo había sido la especie autóctona más extendida por estos predios, se eligieron inicialmente el pino rodeno y el pino silvestre, considerado este como más resistente. Para la ejecución de los trabajos, además del vivero propio de la Escuela situado en la Casita del Infante, se puso en marcha otro vivero en el lugar denominado Los Llanillos, situado al final del camino Blanco, a 1300 m de altitud, donde se levantó también una vivienda para el guarda y un almacén de utensilios, justamente próximos a un viejo olmo y a un fresco manantial. Posteriormente se añadió otro vivero en la vereda de los Gallegos, cerca del manantial del Trampalón.
  

                                                                   Inauguración oficial del proyecto

La inauguración oficial del plan tuvo lugar el 25 de abril de aquel año de 1892, efectuándose en presencia de las autoridades las primeras plantaciones de árboles en la fuente de la Teja que, después, se convertiría en un símbolo de la repoblación, recibiendo el nombre de Parque de Miguel del Campo, en agradecimiento a aquel escurialense que felizmente había promovido tan fecunda iniciativa. Allí se plantaron testimonialmente para ornato del lugar algunos chopos, tilos, arces, abetos, rebollos, robinias, pinos y castaños que todavía están en pie.
Luego, se fueron plantando mayoritariamente el pino pinaster, rodeno o negral. Pinus pinaster. L. y el pino silvestre, albar o de Valsaín Pinus sylvestris L, quedando el primero destinado a la franja de menor altitud, y el silvestre para las zonas más altas. Para esta repoblación se sirvieron alternativamente de siembras y plantaciones.
Según iban avanzando las plantaciones, se vio la necesidad de ir abriendo una red de caminos y veredas que facilitasen los transportes, unos horizontales y otros verticales en zig-zag, malla densa que aun hoy disfrutamos y que tiene como arteria principal el camino Blanco o segunda Horizontal.
La inexperiencia en este tipo de extensas repoblaciones, las plagas, los ensayos con diferentes tipos de semillas, la comprobación de la aclimatación de las especies y los desequilibrios climáticos de esta zona representaron un sinfín de contratiempos que se fueron superando gracias a la decidida voluntad de los profesores de la Escuela.
Finalmente la empresa concluyó en el año 1914, año que, por otra parte, resultó nefasto para el pueblo de San Lorenzo debido al inesperado y polémico traslado de la Escuela a Madrid. La sinfonía otra vez quedó incompleta pues faltaba la reforestación de las laderas de la Machota, del San Benito y de Risco Alto.

lunes, 26 de enero de 2015

Video sobre colores y luces invernales


Parece que la larga permanencia de los tonos grises o blancos de cada invierno se va adueñando de nuestros ánimos. Pero no es así. De repente, cuando menos te lo esperas, surgen los coloridos que se cuelan imprevisibles y se mezclan con el paisaje que nos rodea, trasmitiéndonos renovadas motivaciones. 

lunes, 15 de diciembre de 2014

Paisaje en El Escorial I



RESUMEN de la presentación de "Paisaje en El Escorial" que ha tenido lugar el sábado 13 de diciembre 2014, en la Librería de las Cocheras del Rey, en San Lorenzo de El Escorial:


*****

El sistema solar se compone de estrellas y planetas; los filósofos griegos aseguraban que los elementos básicos eran agua, aire, tierra y fuego; los humanos somos de carne y hueso. Pues bien, los componentes sustanciales del paisaje de El Escorial son el agua y la piedra. Lo miremos por donde lo miremos, todo en él es agua saludable y pura y piedra granítica, la misma que sirvió para moldear el monasterio.











Mi amor por la tierra y el paisaje escurialense brotó en el jardín de los Frailes, cuando siendo niño, me llevaba todas las tardes mi madre "para que tomara el aire" complementando así la merienda que siempre solía consistir en un bocadillo de mortadela o, alternativamente, de foie-gras Mina. Allí, guarecido de los vientos invernales céfiros o favonios que decía el P. Sigüenza, correteaba escondiéndome entre los macizos de boj. Luego vinieron los paseos infantiles con mi padre al arca del Helechal y después al puerto de Malagón. Fueron vivencias entrañables que llegaron a marcar, desde entonces, mis gustos y mis preferencias paisajísticas. 

Sobre estos paisajes de la infancia, Unamuno escribe en Andanzas y visiones españolas:

Aquellos paisajes, aquellas montañas, valles o llanuras fueron en los que se amamantó nuestro espíritu....

Aqui no vamos a hablar del monasterio, que de él ya lo han hecho sobradamente literatos e historiadores, sino de su entorno.
Nos referimos a un valle en cuya cabecera se encuentra el geométrico cono del San Benito, flanqueado por Abantos y Risco Alto, por el lado septentrional y El Fraile y los Ermitaños que lo cierran por el sur. Valle surcado por rio Aulencia, altisonante topónimo que, ciertamente no se corresponde con su escaso caudal. 
El jerónimo P. Sigüenza, cronista de la Fundación del Monasterio: 

Guardadas las espaldas con el mismo monte de los cierzos fríos, aunque por una canal que hace la sierras descubierta a los céfiros o favonios, que la fatigan en el invierno, mas refréscanla y tienen sana en el verano.

El antedicho San Benito, por su situación en la cabecera del valle, es al que se le inculpa de todas las inclemencias meteorológicas que puedan padecer los habitantes del pueblo, que no son pocas. Según nos cuenta el P. Vicuña, cuando el tiempo está de cambio, los “gurriatos”, apodo por el que se conoce de antiguo a los escurialenses, miran a la cima del monte y si la ven ya cubierta de nubarrones, entonces se proveen de paraguas y repiten resignadamente el viejo refrán local que anuncia que cuando San Benito se pone la toca, queda San Lorenzo hecho una sopa. 
Y entre medias de estas alturas, en sus laderas y en el fondo del valle encontramos, básicamente, dos tipos de escenarios botánicos, complementarios si se quiere, pero ambos rivales en encanto. Nos referimos, en primer lugar, al pinar, en la ladera septentrional, poblado principalmente por pinos pinaster o ródenos, con algunos pinos silvestres, y salpicado con rodales de otras variadas especies, y en segundo lugar, a la dehesa de la Herrería, en donde los rebollos y los fresnos son mayoritarios. 
Os proponemos tres referencias literarias poco conocidas:
Los versos de La Araucana de Alonso de Ercilla, de 1569, que aluden al paisaje escurialense:

Mira aquel sitio inculto y montuoso
al pie del alto puerto algo apartado,
que, aunque le ves desierto y pedregoso,
ha de venir en breve a ser poblado.

Baltasar Porreño, contemporáneo de Felipe II, cuenta:

Adornó los bosques que mira este edificio de San Lorenzo el Real que son un jardín natural, regado de muchas fuentes y de huertas con frutales nunca gozados hasta su tiempo, traídos de varias provincias para hacer este admirable conjunto.

En El Lazarillo de Tormes:

Pasé por El Escorial, edificio que muestra la grandeza del Monarca que lo hacía, tal que se puede contar entre las maravillas del mundo, aunque no se diría dél que la amenidad del sitio ha convidado a edificarlo allí, por ser una tierra muy estéril y montañosa; pero bien la templanza del aire, que en verano lo es tanto, que con solo ponerse a la sombra, el calor no enfada ni la frialdad ofende, siendo por extremo sano.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Paisaje en El Escorial II



RESUMEN de la presentación de "Paisaje en El Escorial" que ha tenido lugar el sábado 13 de diciembre 2014, en la Librería de las Cocheras del Rey, en San Lorenzo de El Escorial.


LA ESCUELA DE INGENIEROS DE MONTES

El aspecto frondoso de nuestros montes no fue siempre como lo disfrutamos ahora. 
El resurgir del bosque acaeció a finales del siglo XIX, exactamente en 1869, y se lo debemos al providencial traslado a la Casa de Oficios escurialense de la Escuela de Ingenieros de Montes y, muy en particular, a un profesor de ella, don Miguel del Campo Bartolomé, (1862-1934), nacido en San Lorenzo. A ambos, institución y personaje, hay que agradecer que nuestros alrededores estén hoy en día cubiertos de una tupida masa arbórea que embellece a la par que evita la erosión, alimenta los manantiales y defiende el microclima del lugar. Don Miguel, preclaro "gurriato" al que este pueblo debería una mejor memoria que la que atestigua la abandonada fuente que lleva su nombre, situada en la cabecera de la presa del Romeral. En ella, en una placa ya desaparecida, se agradecía su amor y dedicación por el paisaje escurialense. 
En aquel año se instalaron aquí las necesarias aulas, gabinetes y dependencias, y como jardín forestal y viveros se utilizaría el parque de la casita del Infante y, como campo de prácticas, los cuarteles de la Solana y el Romeral.
Un profesor de la Escuela de Montes, Lucas Olazábal, escribía lo siguiente:

Para el que gusta de lo natural, no hay pensil comparable a la Herrería en el mes de Mayo. Más de 400 especies herbáceas fanerógamas representadas con amplitud y todas en flor, ostentan un variado de matices que no cabe en la imaginación más poética.

Y en 1889, otro profesor, José Secall publicaba un catálogo de plantas vasculares de la zona de San Lorenzo del Escorial con 1062 especies pertenecientes a 96 familias.
A pesar de que, al parecer, el roble melojo había sido la especie autóctona por estos predios, se eligió, básicamente, el pino rodeno dejando para las alturas el pino silvestre considerado como más resistente. Para la ejecución del plan se puso en marcha un vivero en el lugar denominado Los Llanillos, situado al final del camino Blanco, a 1300 m de altitud. Posteriormente se prepararon otros dos viveros a mayor altura, en la vereda de los Gallegos, cerca del manantial del Trampalón.
La inauguración oficial del proyecto tuvo lugar en aquel año de 1892, efectuándose en presencia de las autoridades las primeras plantaciones de árboles en la fuente de la Teja que, después, se convertiría en un símbolo de la repoblación, recibiendo el nombre de Parque de Miguel del Campo, en agradecimiento a aquel escurialense que felizmente había impulsado tan fecunda iniciativa.
La repoblación concluyó en el año 1914, es decir 22 años después, año que resultó nefasto para el pueblo de San Lorenzo debido al inesperado traslado de la Escuela de Montes a Madrid.





No podemos hablar del paisaje escurialense sin una cita muy especial a Ortega y Gasset, que tuvo buenas oportunidades de captar el espíritu de este lugar durante sus prolongadas estancias en el Real Sitio. Su infancia transcurrió aquí, y aquí aprendió a leer, y fue en 1887 cuando estableció aquí su vivienda. 
Hubo, ciertamente, gran sintonía entre este pensador con El Escorial y su paisaje. Residió en diversas etapas de su vida en la segunda casa de Oficios y allí, en una placa conmemorativa, se recuerda su conocida sentencia: 

Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo. 

Pero ¿qué es la circunstancia? Es el conjunto de todo lo que nos rodea y, para Ortega, es lo que el sujeto experimenta como situación vital, las cosas mudas que están en nuestro próximo derredor 
En 1906 en El Imparcial, un artículo: Pedagogía del paisaje: 

El paisaje ha creado la otra mitad de mi alma; nos enseña el fondo mismo de nuestra propia identidad. 

Después, en 1910, se casó y pasó aquí su “luna de miel”, pero sería en 1914 (ahora se conmemora el centenario) cuando fijó su residencia aquí por dos años hasta su marcha a la Argentina. Durante este periodo frecuentó sus tres predilectos rincones escurialenses, la Lonja, la Herrería y el Jardín de los Frailes. 

Personalmente nos encanta un texto de Las meditaciones del Quijote, de 1914, en el que Ortega se siente más lírico apasionado que filósofo racionalista. De toda su ingente obra hemos seleccionado estas citas:

Este bosque benéfico que unge mi cuerpo de salud, ha proporcionado a mi espíritu una grande enseñanza. Es un bosque magistral, viejo como deben ser los maestros, sereno y múltiple. Además practica la pedagogía de la alusión, única pedagogía delicada y fecunda.. Quien quiera enseñarnos una verdad que no nos la diga: simplemente que aluda a ella con un breve gesto.... Quien quiera enseñarnos una verdad, que nos sitúe de modo que la descubramos nosotros. 

En una conferencia pronunciada en el Ateneo madrileño, en 1915, Ortega sostiene que el espectador puede llegar a desarrollar su propia potencial capacidad para modelar los paisajes y lo afirma, desde luego, con su mente puesta en El Escorial: 

El Guadarrama es la sierra materna y en El Escorial es donde ha asentado mi alma. 

Es importante la luz en el paisaje del Escorial 

Tales fueron los pensamientos suscitados por una tarde de primavera en el boscaje que ciñe al Monasterio de El Escorial. Bosque, paisaje y circunstancia que han proporcionado a mi espíritu una gran enseñanza. 

Cada hora trae su luz y cada luz -como un poeta- crea de nuevo todas las cosas a su manera. Gracias a esto, el mundo que es ya tan rico en formas estáticas, aumenta indefinidamente su contenido. 


sábado, 10 de mayo de 2014

Embalse del arroyo Guatel

En primavera, la explosión botánica escurialense es incontenible y se desborda en olores y en colores; es tan avasalladora que, a veces, no se la puede contemplar muy de cerca y hay que alejarse lo suficiente para que podamos ver el conjunto más que el detalle. 
Este es el caso de las imágenes que hemos tomado hace tres días:





lunes, 17 de marzo de 2014

Casita del Infante

Todos la conocemos por la Casita de Arriba y está a escasos 2 km del monasterio. Es la hermana gemela de la Casita del Príncipe (o de Abajo) y fue construída en 1773 por el arquitecto Juan de Villanueva, dentro del más puro neoclasicismo. Su destinatario era el Infante Gabriel de Borbón, hijo de Carlos III, gran amante de la música. Y eso puede explicar su indiscutible atractivo, el del pequeño edificio, diseñado con fines sonoros, y el de sus sugerentes jardines, donde todavía resuenan los ecos de las notas de las sonatas del P. Antonio Soler, agustino español, notable clavecinista y compositor, discípulo de Scarlati, y él mismo profesor del mencionado Infante don Gabriel.
Sin embargo, para este vídeo hemos elegido por su mayor sonoridad un vals de Shostakovich.





Cigüeñas en El Escorial



Aunque no sepamos muy bien donde pasan el invierno, por estas fechas del mes de marzo reaparecen con su silueta elegante y su crotoreo desenfadado y nos alegran la vista y el oído. Aquí, en El Escorial y en Peralejo también disfrutamos de la compañía de unas cuantas familias de cigüeñas.

sábado, 23 de noviembre de 2013

Así era San Lorenzo de El Escorial


Es bueno evocar, aunque sin excesivas concesiones a la nostalgia, el mundo en que vivieron nuestros antepasados, que está ahí muy cerca, muy fácil de identificar aunque la lejanía del tiempo nos haga parecer lo contrario.
Estos eran los paisajes naturales y urbanos que les rodearon y entre ellos transcurrieron sus vidas.

viernes, 25 de octubre de 2013

Los guardianes del monasterio


La verdad es que no sabemos con certeza de que manera nuestro monasterio vino a caer por estos predios. Por aquí no se conocían más que unas míseras carbonerías que sacaban su negro producto quemando la materia prima de un tupido robledal y unos cuantos hatos de ovejas que saciaban su sed en Matalasfuentes. Y no había mucho más en los aledaños del paupérrimo villorrio del Escurial. 

Así estaban las cosas cuando, casi de repente, de la noche a la mañana, surgió la masa pétrea del monasterio. Sin que nadie pudiera dar razones de su origen, irrumpió majestuoso en el centro de un altozano granítico en el recuesto de un cerro que, probablemente ya por entonces, estaba poblado de abantos.


Nadie sabe cómo vino, de donde cayó o cómo brotó. Unos aseguran que fue un trozo de meteorito desprendido de las Perseidas, en una noche de verano. Otros creen que fue como consecuencia de una violenta fusión geológica entre el granito y el gneis y, finalmente otros prefieren pensar que todo partió de una decisión tomada por un rey rubio, de ojos azules y mirada penetrante que lanzó los dados de la fortuna contra el roquedo circundante y estos cayeron ordenadamente formando de inmediato este geométrico paralelepípedo.

 Sea como fuere lo cierto es que ahí lo tenemos, enhiesto, provocador, orgulloso de sus comienzos, ya fueran estos de origen telurico, ígneo o sideral, que para el caso es lo mismo.

Parece que el rey rubio de mirada penetrante fue consciente de que este lugar gozaría hasta el fin de los siglos de una especial protección cósmica y lo comprobó cuando se subió por una estrecha escalerilla de caracol hasta las alturas del cimborrio y desde allí vio cómo se perfilaban a su alrededor las siluetas de siete corpulentos guerreros que, en forma de riscos pétreos, con sus graníticas lanzas estaban custodiando al edificio y preservándole de todas las travesuras meteorológicas del maligno.

Después, el rey rubio de mirada penetrante se dio cuenta de que entre aquellos siete colosos había cinco santos y dos guerreros y de los santos tres eran ermitaños, que yo creo que son más que santos. Fue pronto informado de los nombres de los tres ermitaños que eran Nicolás, Bartolomé y Diego. Hoy, todavía reconocemos los tres cerros y comprobamos que siguen elevando a los cielos sus plegarias protectoras.

Más hacia occidente aparecía, y sigue apareciendo, la redondeada mole del Fraile, otro santón con su capuchón jerónimo en la cima y, más a occidente todavía, estaba el mismísimo San Benito, orondo, cónico y con pretensiones volcánicas.

Y el providencial anillo protector del monasterio concluía con los guerreros del Risco Alto, de lomo recortado y el cercano Abantos, el de mayor altura, indiscutible líder de tan singular cohorte, del que se desprendía la sucesión de canchales del Portacho que parecía querer llegar hasta la misma Lonja.
Pero, hete aquí que, a pesar de este poderoso cordón protector, los vientos céfiros o favonios, según los llamaba el Padre Sigüenza, se cuelan por el portillo de la Cruz Verde, y fatigan en invierno y refrescan en verano.

Y resulta, finalmente, que entre unos y otros, se sigue disfrutando en estos parajes del beneficio de tal guardia pretoriana: los guerreros detienen las masas tormentosas que vienen del septentrión, mientras que los santos y los ermitaños dejan pasar el benéfico aire húmedo y templado causante de las apoteosicas eclosiones primaverales y otoñales de cada año en la fecunda tierra de la Herrería y en el pinar del Romeral.

Gracias a nuestros protectores, gozamos del milagro de la fusión de colores y aromas, de las sin iguales peonías y de los tomillos, de las quitameriendas y de las jaras. 

lunes, 22 de julio de 2013

A un amigo que se ha ido.

Hoy lamentamos la marcha de un gran amigo: José María Suárez Campos.

Y lo lamentamos desde este blog porque él era un sincero amante de nuestro paisaje escurialense. Conocedor de nuestras calles y plazas, de nuestras sendas y riscos, de nuestros ríos y montañas.

Fue autor de los entrañables Rincones escurialenses, librito en prosa poética, breves apuntes sobre los lugares más significativos de nuestro pueblo, en los que se destilaba un amor desbordante en cada una de sus líneas. 

Solo desde un corazón de poeta generoso se puede dar tal entrega a todo tu pueblo escurialense; algunas veces apasionado, otras entrecortado, siempre profundo y con una fantasía desbordante. Desde luego, siempre tocado de un amor inefable.

Y por todos los sitios, proyectando su silueta singular, te encontrabas con el cimborrio monasterial, tan omnipresente en la vida escurialense:

La esfera es la forma del equilibrio. De tu equilibrio de bien calculado planeta que no desdeña el vuelo de las cigüeñas y los pájaros. De tu equilibrio justo, de esbeltez bien templada.

Te recordaremos por la rica herencia de tus escritos y, sobre todo, como un gran amigo. Tú seguirás siendo para nosotros, según tus mismas palabras,

                    el amigo bien probado para dialogar en las tardes silenciosas.





viernes, 7 de junio de 2013

Sierra de Guadarrama en primavera


Al encuentro de todas esas formas, colores y aromas que estaban ocultos o dormidos y que ahora estallan en la primavera guadarrameña.


domingo, 19 de mayo de 2013

Arbol del amor en San Lorenzo del Escorial


Dicen que las cosas efímeras son todavía más bellas.

La floración del árbol del amor (cercis siliquastrum) en mi pueblo dura poco; es cosa de días, pero son días intensos para el disfrute. Hay que aprovecharlos paseando por los lugares clave, con los ojos bien abiertos y, si es posible, con una buena cámara fotográfica. Captar la inigualable tonalidad de estas flores para luego recordarla durante todo el invierno.






lunes, 14 de noviembre de 2011

Concierto otoñal escurialense


Para amantes del paisaje escurialense... y para algún que otro melancólico, que todavía los hay.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Otoño


Para los que no hayáis tenido la oportunidad de comprobarlo personalmente, el otoño en San Lorenzo es un estallido de amarillos rabiosos y rojos tostados, de difícil traducción a palabras. Por eso nos limitamos a poneros estas imágenes hasta que podáis disfrutar de esta sinfonía, en directo y sin intermediarios.


martes, 7 de agosto de 2007

El lugar y las fuentes

Así contaba el padre Sigüenza el comienzo de las obras del monasterio en 1561:

Principio del mes de abril del mismo año, comenzaron a desmontar y quitar la jara de todo aquel contorno, donde había de señalarse y elegir la planta, que estaba grande y crecida, abrigo en invierno de los ganados de la pobre gente de aquella aldehuela, y donde el verano pasaban la siesta y tenían sus abrevaderos.
Había dos fuentes caudalosas, sin otras que jamás, por estéril que fuese el año, las vieron agotadas: la una, que está ahora junto al estanque y alberca de la fuente de la huerta, se llamaba la fuente de Blasco Sancho; la otra, más apartada hacia el Poniente, se llamaba Matalasfuentes; pusiéronle este nombre los pastores de la sierra porque los ganados bebían allí de mejor gana que en las otras, no por ser más delgada ni mejor agua, sino por tener alguna más sal; llámase ahora la fuente de la Reina.



lunes, 6 de agosto de 2007

Los alrededores


El mismo padre Sigüenza describía así los alrededores de El Escorial:


Junto a este puesto están dos dehesas de grande frescura y arboleda acomodadas para caza, pesca, jardines y leña, para el servicio del convento; la una, que se llama la Herrería, tan cerca al mismo sitio que se linda con las paredes del convento, tiene en contorno poco menos de una legua, poblada de diversas plantas y de mucho pasto y verdura, donde se ven grandes manadas de venados, puercos, jabalíes, en piaras, conejos sin número; mirada desde el mismo convento parece una mata de albahaca en el verano, que es gran alivio de la soledad y la vista. Antiguamente hubo en ella herrerías, de donde tomó el nombre, y de ellas y de una iglesia que estaba allí y tenía pila de bautismo, se llamaba la Dehesa de la Herrería de Nuestra Señora de Fuentelámparas. En la montaña hay muestras de minas de hierro, y el pueblo que está allí cerca conserva también el nombre, y se llama El Escorial, donde se ven ahora alrededor las cenizas y las escorias en no pocos montones. La otra se llama la Fresneda, algo más apartada de la casa, aunque también a su vista, distancia de media legua escasa.


Antonio Ponz en 1765.


El sentido práctico de la Ilustración se aplica a El Escorial en el “Viaje de España” de Antonio Ponz, escrito en 1765:

Al territorio del Escorial nada le faltará para ser hermosísimo por estos lados de oriente y parte del norte, teniendo de ellos el mayor cuidado; la misma ventaja logrará el mediodía, en donde se halla la bella dehesa y bosque de la Herrería, que empieza desde las paredes de la huerta del convento y continúa hasta el pie de un alto monte llamado el Castañar, por la porción que tiene de estos árboles, cuya fruta aunque no es muy crecida, es tan sabrosa como la haya en España de su especie. De gran utilidad y hermosura sería aumentarlos por todas las faldas del expresado monte, distante del Escorial menos de media legua.

Ortega en "Meditación del Escorial"


Este párrafo pertenece a su “Meditación del Escorial” uná parte de “El Espectador”:

Sobre el paisaje del Escorial, el monasterio es solamente la piedra máxima que destaca entre las moles circundantes por la mayor fijeza y pulimento de sus aristas. En estos días de primavera hay una hora en que el sol, como una ampolla de oro, se quiebra contra los picachos de la sierra, y una luz blanda, coloreada de azul, de violeta, de carmín se derrama por las laderas y por el valle, fundiendo suavemente todos los perfiles: Entonces la piedra edificada burla las intenciones del constructor y, obedeciendo a un instinto más poderoso, va a confundirse con las canteras maternales...



Dionisio Ridruejo en 1950.


Dionisio Ridruejo escribe en 1950 sus Sonetos a la piedra, algunos de ellos dedicados a El Escorial; seleccionamos éste:

                              Es de esbeltez y todavía pesa
                              una informe en los sillares
                              cuando un pueblo que planta sus altares
                              hormiguea labrando su promesa.

                              El aire es todo alcázares. No cesa
                              la fabrica mudable en sus solares,
                              y, en la piedra, con cielos, bosques, mares,
                              un mundo en red de números se apresa.

                              Instantes que ya quiere, que ya sabe
                              su perfección y todavía su sueño,
                              aurora, porvenir, fe, libre vuelo.

                             Cuando la piedra lucha y, menos grave,
                             la montaña se rinde ante su dueño
                             y el hombre injerta primavera al cielo.

Jose Mª Suárez en "Rincones escurialenses"


Jose Mª Suárez en su entrañable libro en prosa poética “Rincones escurialenses”, nos deja estas líneas:

Amplia la mirada sobre la tierra madre, cercana, viva. Amplio también el corazón. Curva de regazo. Sobre los álamos y los chopos, sobre los robles, todas las esquinas al viento.
Hondonada abierta de par en par, la Herrería se llega calladamente, como con pasos de niño. Verde vegetal recién nacido, acunado en brazos de la montaña.
Hay un perfume a lluvia, a savia, a tierra bien caliente. Todos los manantiales, entre rocas, golpeando la tarde.
Cima adelante, entre rocas redondas y macizas, la mirada se columpia en saltos, en piruetas, casi en vuelos. Pueblos lejanos coloreados de rojo y gris. Y un sol de oro, viejo de siglos, primitivo, buscando espejos centelleantes, cristales, luz.
Tierra madre, montaña, carne y sangre del tiempo. Sobre el atardecer, nostalgias de niñez se han quedado prendidas entre las altas rocas y los árboles firmes.

Ortega en El Escorial


En Las meditaciones del Quijote" escribía:

El Monasterio del Escorial se levanta sobre un collado. La ladera meridional de este collado desciende bajo la cobertura de un boscaje, que es a un tiempo robledo y fresneda: El sitio se llama La Herrería: la cárdena mole ejemplar del edificio modifica, según la estación, su carácter merced a este monte de espesura tendido a sus plantas, que en invierno cobrizo, áureo en otoño, y de un verde oscuro en estío. La primavera pasa por aquí rauda, instantánea y excesiva, como una imagen erótica por el alma acerada de un cenobiarca.

Lo que veía Azorín



Todo el paisaje converge hacia la inmensa fábrica: Los montes son austeros: El boscaje que los viste resalta con su color negruzco. Las peñas que asoman entre el severo verdor aparecen en agudos picos o en rotundidades formidables. Todo en el paisaje -color y línea- sirve a realzar la solidez y fuerza de la enorme construcción. Y más allá del horizonte, traspuestos los cinco puntos cardinales, ligado indisolublemente al gran edificio, al reducido aposento que se halla en el gran edificio, se extiende un vasto y poderoso imperio.

Unamuno


Miguel de Unamuno estuvo durante una semana completa, en 1912, visitando con detenimiento el monasterio, particularmente la basílica; cuenta el P. Vicuña que los jóvenes seminaristas le llamaban “el mochuelo contemplativo” a causa de sus ojos redondos agrandados por las gafas; como de costumbre lleno de contradicciones y dudas, expreso con muy diversos acentos sus sentimientos ante la obra escurialense y su paisaje, pero es en “Andanzas y visiones españolas”, quizás el más maravilloso libro de relatos viajeros que sobre España se haya escrito, donde nos dejó unas expresivas líneas:

El único encanto de El Escorial es formar como parte integrante del paisaje de que está rodeado, lo cual no había sido previsto por sus constructores.
Y al llegar a El Escorial, desde esta plateresca y en gran medida churrigueresca Salamanca, la mayor parte de cuyos edificios no pecan, ciertamente, por su sencillez y severidad, sino que están recargados de follaje, mi vista descansaba en las líneas puras y severísimas del Monasterio de El Escorial, en aquella imponente masa todo proporción y todo grandeza sin afanosidad.
Eso de hablar de aridez repulsiva de El Escorial, como hablar de lo sombrío de su carácter, carece, en rigor, de valor estético, pues falta probar que lo árido y lo sombrío no puedan ser hermosísimos.